jueves, 2 de noviembre de 2006

¡Dame dos besos!


Llego al consulado justo en el momento en que entran 2 señoras que parecen haberse encontrado en la puerta.
La limpiadora se afana en erradicar las huellas de barro dejadas por los zapatos tapándome la entrada.
Cuanto más tiempo tarda en limpiar el suelo del recibidor (de espaldas a mí) peor me siento al pensar en la cara que pondrá al verme entrar.
Trato de pisar lo menos posible pero la levitación no es mi fuerte, y menos ahora, con 20 kg de más.

Cuando consigo cruzar la puerta una de las dos señoras me mira y me ordena: "¡Dame dos besos!". Nota por mi cara que no sé como reaccionar así que me tranquiliza: "dame dos besos que soy yo". Trato de conseguir información en la expresión de la otra mujer pero me ignora mientras habla acerca de las reformas desde la ultima vez que estuvo ahí.
La señora de los besos está esperando. No quiero parecer mal educado. La miro, la observo, la escruto. Nada. Estoy seguro de que se está equivocando pero se los doy.
Espero en el recibidor junto al despacho pero me llama: "ven que os voy a enseñar la casa".
Vuelvo a dudar y me llama con la mano. Por fin me acerco y comento que quiero legalizar unos poderes.
Se gira y mira a su acompañante: "¿No viene contigo?"
- No, no lo conozco de nada.
- Ya le digo que yo vengo a legalizar unos poderes.
La mujer permanece impávida. Ojala yo tuviera esa maestría a la hora de normalizar situaciones delicadas.
- Espera que ahora baja mi marido.
...
El hombre se demora. Aparece como si acabara de levantarse de la cama. De hecho va vestido como si acabara de levantarse de la cama, es decir, con ropa de cama.
Se lleva las manos a los oídos cada vez que suena el teléfono. Parece un hombre cansado de la vida.
...

Mientras le explico, aparece un joven al que abro la puerta para evitar que siga timbrando sobre el cerebro del cónsul.
El chico es regordete y bastante más joven que yo aunque va vestido de señorito.
Éste debe ser el que se ha ahorrado los dos besos.

El cónsul me informa de sus honorarios le doy las gracias y nos damos la mano por 2ª vez en dos minutos.
- ¿Que edad tienes?
- ¿?
- Edad.
- 32.
- Pareces más joven. Parece que tienes 24. ¿Te lo dicen verdad?.
Asiento y hago un chiste acerca de que oculto las canas entre el resto de los pelos.
Vuelve a tenderme la mano y vuelvo a estrechársela por 3ª vez.
- Además tienes cara de buena persona.
- Eso ya no me lo dicen tanto.
- ¿No? Bueno, pues yo trato con muchísima gente y entiendo de esto. Y te digo que tienes cara de muy buena persona.
- Muchas gracias.
Y vuelve a tenderme la mano un par de veces más entre agradecimientos y encantos de conocimiento mutuo.

Estoy deseando que haga falta llevar un documento a ese país tan agradable donde tengo cara de buena persona y todas las mujeres se hacen las distraídas con tal de darme un beso.
Sí, sí. ¿O es que es fácil confundirme con un veinteañero gordito?

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