viernes, 15 de septiembre de 2006

110 veces 11


Cada mañana llego puntual a la parada y me encuentro con la misma escena, el autobús arranca en el momento que doblo la esquina alejándose lentamente a cada paso que doy lo suficiente para no abrirme la puerta cuando llego.
Espero unos minutos a que llegue el siguiente. Hay dos líneas que me vienen bien y sus paradas son contiguas, así que me quedo en medio, de pie, esperando que llegue alguno de los autobuses.
Suelen llegar con menos de un minuto de diferencia, sin embargo uno de ellos siempre sale de inmediato mientras el otro permanece en la parada por cambio de turno -o lo que sea- . Evidentemente siempre escojo el segundo, no sé cómo lo hago.

Pasan los minutos y me voy poniendo nervioso. Se cierran las puertas y nos disponemos a salir pero otro autobús ha decidido parar frente al mío y tenemos que esperar que bajen los pasajeros, y después, al cambio de turno del otro tipo, y después a que otro autobús, unos metros más alante, deje más espacio con otro que viene en sentido contrario.
Y así, contando ciento diez veces once van pasando los minutos.
Una chica me pisa los zapatos que voy estrenando al sentarse junto a mí, detrás, un fumador con cara de fumador y olor a fumador empedernido se aguanta las ganas de encender un pitillo.

Todas estas cosas pasan por la mañana mientras me evado recordando cada una de las veces que habré pasado en la moto -o bici- junto a estos autobuses llenos de gente con cara de estar contando hasta diez, somnolientos y sabiendo que llegan tarde al trabajo.

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